14 de Julio de 2025
Hay en el hecho de bendecir un poder desconocido y una sabiduría profunda.
Bendecir es un acto de amor, una manera de reconocer la hermandad que, como un hilo de invisible luz, nos conecta a todos.
Hoy quiero compartir con vosotr@s, apreciad@s amig@s, la historia de Frieda, una enfermera jubilada, quien pasó catorce horas al día, durante más de diez años, en la estación de tren de su ciudad, bendiciendo a la gente.
Alguien la llevaba por la mañana a la estación y volvía a buscarla por la noche.
Frieda permanecía de pie tras una silla de ruedas en la que se sentaba de vez en cuando para tomarse un breve descanso. Sus ojos iban de una persona a otra, bendiciéndolas silenciosamente. En alguna ocasión, periodistas le habían propuesto hacerle una entrevista pero ella siempre se había negado, aduciendo que hacía esto porque se había sentido llamada por Dios a realizar aquella tarea.
Sabemos poco de ella, solo que vivía en un hogar de ancianos.
A lo largo de los años, millones de personas fueron bendecidas por Frieda. Y no me cabe la menor duda de que su acción callada y anónima mejoró la vida de la gente de un modo que no podemos cuantificar.
Bendecir es una experiencia extraordinaria y bella. Un acto que nos reconcilia y nos devuelve la paz. Donde veas conflicto y sufrimiento, afirma el bien y la alegría. Desea el bien a todos los seres humanos, en cualquier circunstancia.
Personalmente, no deseo pasar por el mundo habiendo únicamente deambulado por él.
Si puedo, humildemente, contribuir en algo al bien del mundo, quiero hacerlo.
Un afectuoso abrazo.
Hasta el próximo día.
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En Pradervand, Pierre, 365 bendiciones para sanarme a mí mismo y al mundo. Ediciones Mensajero. Bilbao, año 2017. (págs.. 167-168)
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