11 de agosto de 2025

El mundo necesita paz. Es obvio. Pero esa paz comienza en cada uno de nosotros.
Creo que resulta fácil dejarse arrastrar por la discordia y el deseo de tener razón. A todos nos ha pasado. El ego hinca sus afiladas uñas porque se alimenta del conflicto y el sufrimiento, y cuando la persona quiere darse cuenta, se halla en el fragor de la batalla, en medio de una discusión absurda, de un enfado que no lleva a ninguna parte, o toma decisiones de las que se va a arrepentir.
Sin olvidar las comparaciones con otros. En palabras de Henri Nouwen (1):
“El mundo en el que crecí es un mundo tan repleto de categorías, grados y estadística que, consciente o inconscientemente, siempre trato de competir con los demás. Mucha de la tristeza y alegría de mi vida viene directamente de compararme; y mucha, por no decir toda, de esta comparación es inútil, una pérdida de tiempo y energía”.
No necesitamos, en absoluto, compararnos con nadie. O competir. Ni alimentar actitudes que conducen a la desdicha. Cada uno de nosotros es único e irrepetible. Y también, cada uno ha traído consigo algo que puede mejorar la vida de otros. Y la propia.
Cuando nacemos en el mundo, no se espera —allá, en el otro lado— que no nos equivoquemos, pero sí que sepamos reconocer el error y tratemos de enmendarnos.
Podemos fomentar en nosotros la paz y la quietud para no reaccionar de una manera impulsiva ante los estímulos del mundo. El simple pensamiento de la palabra “paz” ya crea en el interior un estado de gozosa calma. La paz interna es contagiosa. Se transmite silenciosamente a las personas de nuestro entorno, como lo demuestra la siguiente historia real, acaecida en Suiza, y que Gerald Jampolsky (2), un extraordinario ser humano, fundador del “Centro de Sanación de la Actitud” en California, relata.
En cierta ocasión, alguien le habló de un pastor de iglesia que contaba 64 años y vivía en Suiza. Cercano ya a su jubilación, comenzó a replantearse su vida y sus creencias con respecto a Dios. Surgieron en él grandes dudas referentes a lo que había creído hasta entonces. Ello lo sumió en una depresión y acabó abandonando su tarea como pastor. Solicitó la presencia de otro ministro que se pusiera al frente de la iglesia y él comenzó a visitar únicamente las tabernas del entorno.
Transcurridos unos días de estos hechos, una mujer de su parroquia le pidió que acudiera a su casa pues su marido acababa de fallecer.
El pastor se personó en aquel hogar para decir, en tan aciaga situación, las palabras que había pronunciado en tantas ocasiones semejantes, mas en el momento en que iba a comenzar a hablar, sintió en su interior una voz que le sugirió que pensara únicamente en la palabra “paz”; que no dijera nada. Unos minutos después, cuando se disponía a hablar, volvió a escuchar dentro de sí el mismo mensaje.
Tras una hora de este silencio, la viuda le comentó que, a pesar de que su marido acababa de fallecer, ella sentía una paz muy profunda y desconocida, algo que no había experimentado jamás. No alcanzaba a comprender qué le estaba pasando.
El pastor contestó que también él percibía en sí mismo este estado de paz como nunca antes había vivido. Y comprendió que, aquella era la primera vez en su vida que conocía la paz de Dios.
Todos los seres humanos estamos conectados entre nosotros, así como con todas las criaturas de la Tierra, y con la naturaleza, y “cuando aceptamos la paz para nosotros mismos —nos dice Jampolsky—, la paz es recibida en cierto grado por todos los que viven en nuestro mundo. De este modo se va transformando […]”.
Muchas veces no sentimos paz porque no nos damos el tiempo ni la oportunidad de sentirla.
¡Y hay tantos pensamientos inútiles que llenan nuestra mente a lo largo del día! En lugar de perdernos en ellos, podemos traer a nosotros palabras que brillen en la luz; que nos proporcionen bienestar y sosiego.
Pensar en la paz atrae paz. La palabra es un principio de poder. El Verbo es creador.
En ocasiones, no será necesario hablar. Una mente serena y una actitud pacífica serán suficientes para producir un efecto sanador.
Que la paz sea para ti fuente de salud y de dicha. Y que esté siempre presente en tu vida.
Hasta el próximo día.
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Nouwen, Henri J. M., El Regreso del Hijo Pródigo. Ed. PPC. Madrid, 1998. Pág.111.
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En Jampolsky, Gerald G., Enseña solo amor. Ed. Los Libros del Comienzo. Madrid. 1993. Págs. 123,124.
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