4 de agosto de 2025

Reflexionaba estos días sobre las excepcionales vivencias de las personas que despiertan espiritualmente. Meditaba en cómo lo consiguen. Por qué medios se liberan de las ataduras del mundo, de la dependencia del cuerpo, del sufrimiento. Claramente, conectan con luminosos estados de Gracia, y se convierten en focos radiantes cuyo brillo ilumina al mundo.
Los que ya han hecho esa travesía nos envían señales; la comparten con nosotros, como un dedo que señala el camino. Podemos escucharlos y seguir su rastro.
David R. Hawkins, psiquiatra y maestro espiritual iluminado, explica su excepcional experiencia, muy semejante a la que han vivido quienes ya atravesaron las fronteras de este sueño ilusorio en el que nos movemos. Y es un relato tan radiante y bello, tan esclarecedor, que no puedo dejar de compartirlo.
El doctor Hawkins siguió una serie de pasos para lograr el estado de iluminación, y son tan sencillos que a menudo pasan desapercibidos a quienes anhelan esa condición del despertar. En primer lugar, había en él un deseo muy profundo de alcanzar esa meta. Luego, fue surgiendo en su interior el perdón, la ternura, de una manera constante, en su relación con los demás. La compasión se hizo más y más intensa e incluía a todos los seres y a sí mismo. Un tiempo después, abandonó los deseos y rindió la voluntad personal, en todo momento, a Dios. Al entregarle cada pensamiento, cada sentimiento, cada deseo y acción, la mente del doctor fue serenándose y entró en el silencio. Durante este proceso, la mente se liberó de historias enteras, que habían estado ahí toda su vida. Y desechó también ideas y conceptos que habían bloqueado el sendero.
Cuando dejamos de aferrarnos a nuestros pensamientos y los entregamos, comienzan a disolverse mientras están formándose. Llegó un momento en que pudo desembarazarse de la energía del pensamiento antes de que este se formara.
Durante la meditación diaria, no se permitía ni una distracción sino que se mantenía con la atención enfocada implacable y constantemente, incluso cuando realizaba las actividades cotidianas. Vencida la dificultad inicial, a medida que pasaron los días, se fue convirtiendo en una práctica fácil y accesible; cada vez necesitaba esforzarse menos para conseguirlo hasta que, finalmente, este enfoque se dio en cada instante sin ningún esfuerzo por su parte.
Entonces, repentinamente hubo un cambio de conciencia y pudo percibir, con total claridad, la Presencia omniabarcante. En palabras del doctor Hawkins:
Hubo unos instantes de aprensión cuando el yo moría y, luego, el absoluto de la Presencia inspiró un relámpago sobrecogedor. El avance fue espectacular, más intenso que ningún otro con anterioridad. No había nada con que compararlo en la experiencia normal. Tan profundo impacto quedó amortiguado por el amor que acompaña a la Presencia. Sin el apoyo y la protección de ese amor, uno quedaría aniquilado.
Después, vino un momento de terror, cuando el ego se aferró a la existencia, temiendo convertirse en nada. Pero, en vez de eso, mientras moría, se vio sustituido por el Yo como Totalidad, el Todo en el cual todo se conoce y es obvio en la perfecta expresión de su propia esencia. Con la no localidad, llegó la conciencia de que uno es todo lo que haya existido o pueda existir”. (2)
Cada uno de nosotros es un ser completo y eterno, algo que trasciende todo género e identidad, incluso nuestra condición humana. Y cuando esto se descubre, el temor al sufrimiento y a la muerte desaparecen.
Alcanzado aquel estado absoluto del ser, dejó de preocuparle lo que le ocurriera al cuerpo. En ciertos niveles de conciencia, las enfermedades desaparecen o se producen inesperadas curaciones, pero en el nivel en que se encontraba, el cuerpo dejó de tener relevancia para él, pues se comprende que este continuará con su programa y luego se disolverá. El hecho, dice Hawkins, carece de importancia y no impresiona ni aflige a la persona.
El cuerpo acaba concibiéndose, más que como parte de uno mismo, como un objeto o un mueble. A Hawkins le resultaba cómico que la gente siguiera dirigiéndose al cuerpo como si fuera el “tú” individual (3), mas evitó explicarlo porque no es posible comprender eses estado si no se ha vivido.
El éxtasis en que se encontraba no pasó desapercibido al mundo. Es una condición que atrae a los buscadores espirituales y a los curiosos, quienes tratan de estar en el aura de seres realizados, al igual que a enfermos que anhelan sanarse. El ser iluminado se convierte, entonces, en fuente de alegría y esperanza para unos y otros. Habitualmente, en ese nivel de conciencia la persona desea ser útil a los demás y emplear su avance espiritual para el mayor bien de todos.
No obstante, ese estado de arrobamiento no es estable sino que se dan momentos de profunda aflicción, principalmente cuando oscila o cesa repentinamente. Entonces, el individuo se siente desesperado y teme haber caído en el olvido para la Presencia. Tales caídas desde la Gracia hacen que el camino sea difícil y el aspirante necesita una gran fuerza de voluntad para superarlas. Finalmente, la persona comprende que, para superar esos descensos debe ir más allá de ese nivel.
Ello implica renunciar al deleite que ese estado conlleva, cuando uno quiere trascender la dualidad para seguir avanzando más allá de todos los opuestos y sus conflictivos dones. Una cosa es renunciar alegremente a las cadenas de hierro del ego y otra muy distinta es abandonar las cadenas de oro de la dicha del éxtasis, nos dice Hawkins, pues al aspirante puede parecerle que renuncia a Dios mientras aparece un temor nunca antes anticipado: es el terror final de la soledad más absoluta. (4)
En este punto de la realización espiritual el ego manifestó un pánico total a la no existencia, un horror insuperable que lo hizo retroceder una y otra vez cuando sentía que esa posibilidad había llegado para él.
Entonces comprendió Hawkins el por qué del sufrimiento y de las noches oscuras del alma. La experiencia es tan dura que empuja al aspirante a hacer un esfuerzo sobrehumano para superarlas. Cuando la vacilación entre el cielo y el infierno se hace intolerable, hay que someter incluso el deseo por la existencia. Solo entonces se puede ir por fin más allá de la dualidad de la Totalidad frente a la nada, más allá de la existencia o la no existencia. (5)
Este punto del proceso interior es el más difícil, un momento decisivo en el que el aspirante comprende de una manera absoluta que la ilusión de la vida que ha vivido en la Tierra se disuelve irrevocablemente. Desde este estadio, no existe ya la posibilidad de volver atrás, y ello hace que la decisión de atravesar esa barrera sea la más difícil y trascendente jamás tomada. El doctor Hawkins comparte que:
En este Apocalipsis final del yo, la disolución de la única dualidad que queda, la de la existencia y la no existencia, la de la identidad misma, se disuelve en la Divinidad Universal, y no queda consciencia individual que pueda tomar la decisión. El último paso, por tanto, lo da Dios. (6)
Esta experiencia es para todos. Todos alcanzaremos, algún día, a esa comprensión profunda y ese despertar.
Podemos recorrer juntos ese camino. Apoyarnos mutuamente. No estás solo. Tenemos que desprendernos de lo que nos ata a varios niveles; recobrar la paz interior y reconocerla en nosotros. Pedir la orientación divina. Es un sendero que requiere comprometerse con él y trabajarlo. A veces será arduo. Pero ¿quién renunciaría a la dicha infinita, a la Gloria del Cielo, a la Paz perpetua?
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Nota autobiográfica del doctor David R. Hawkins en Dejar ir. Edit. El Grano de Mostaza, Barcelona, 2015. Pag. 327 y ss.
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Ibid., pág. 328.
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Ibid., pág. 328.
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Ibid., pág. 329.
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Ibid., pág. 329.
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Ibid., pág. 330.
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